domingo, 21 de marzo de 2010

Paraíso expropiado

(Una versión de este texto se publicó en el suplemento Tierra de El País el sábado 20 de marzo de 2010)

1.

Salvaron una especie en extinción y ahora el Estado venezolano les ha extinguido a ellos. La Estación Biológica del Hato El Frío en Venezuela, dirigida desde hace 34 años por un grupo de científicos españoles a los que se atribuye la reinserción del caimán del Orinoco en los ríos llaneros, ha sido confiscada por el Gobierno venezolano y puesta a cargo de una compañía socialista “agroecológica” que promete producir arroz con tecnología vietnamita. Los Ministerios de Alimentación y de Agricultura y Tierras de Venezuela sólo han dicho, hasta el momento, que con esta medida buscan garantizar la “soberanía alimentaria del país”. Salvo eso, no ha habido más explicaciones acerca del futuro de la labor científica que se desarrollaba en la estación; muchos menos, indemnizaciones para sus antiguos propietarios.

La Estación Biológica del Hato El Frío fue fundada en 1973 por iniciativa de José Castroviejo -doctor en Biología de la Universidad Complutense de Madrid-, que llegó a los llanos de Venezuela, según su propio relato, como caído del cielo. En marzo de ese año, Castroviejo aterrizó en el Hato El Frío –al norte del Estado llanero de Apure- a bordo de un viejo DC-3, como acompañante de Félix Rodríguez de la Fuente, quien buscaba locaciones para el rodaje de la versión sudamericana de su serie El hombre y la tierra que transmitiría Televisión Española.

“Lo que vi me conmocionó. No me importa repetir que la vista del Museo de Pergamon de Berlín y el Hato El Frío fueron quizás las dos cosas que más me impresionaron en mi vida”, escribió Castroviejo años más tarde. Bandadas de garzas blancas, de rojas coro-coras. Manadas de chigüires o capibaras, los roedores más grandes que se hayan conocido. Cardúmenes de todo tipo de peces que bullían en los ríos. Armadillos, águilas e iguanas, llenaron las pupilas de Castroviejo, que para la época trabajaba en la Estación Biológica del Parque Nacional de Doñana, en Andalucía. Ya en 34 años de mirada científica y con la ayuda de un sinnúmero de especialistas americanos y europeos, ha contabilizado y nombrado, en muchos casos, un total de 319 especies de aves, más 200 especies de plantas, más de 225 especies de peces, 20 de anfibios, 80 de mamíferos y 50 de reptiles que viven en el Hato El Frío.

La Estación Biológica, que comprendía sólo 15 hectáreas de las 65.000 que abarcaba el Hato El Frío, fue la gran aula del Máster en Gestión de la Biodiversidad en los Trópicos promovido por la Fundación Carolina y el programa MAB de la Unesco. Sobre sus especies de flora y fauna se han escrito más de 105 publicaciones; entre ellas, 12 tesis doctorales, 20 de pregrado y una de maestría, de estudiantes españoles y venezolanos. Bajo la autoría del último director de la estación, el biólogo español José Ayazagüena, la Estación también creó el Programa de Aprovechamiento de la Baba (caimanes de anteojos) que desde 1983 se aplica en Venezuela y ha sido copiado en países como Nicaragua, Bolivia, Paraguay y en la Guayana inglesa. Sus estudios también fueron determinantes para que, en 1989, el Gobierno de Venezuela decretara la creación del Refugio de Fauna Silvestre, Reserva de Pesca y Zona Protectora del Caño Guaritico, uno de los dos afluentes que sirve de lindero a El Frío.

Para la época en que se instaló la estación, el caimán del Orinoco -una especie de cocodrilo oriunda de los llanos de Venezuela y Colombia- estaba casi extinto como consecuencia de la cacería no controlada durante las décadas de 1960 y 1970: era más frecuente mirar su piel en los bolsos y en los zapatos de tacón alto de las damas de la extravagante Venezuela petrolera de entonces, que verla sobresalir contra la corriente de los ríos.

Cuando la Estación Biológica El Frío emprendió el plan de recuperación del caimán, en 1987, sólo existían dos poblaciones de estos reptiles en el país, de unos 500 ejemplares cada una: en el río Capanaparo, en el Estado de Apure, y en el río Cojedes, en el Estado que lleva el mismo nombre. Desde entonces, los científicos de El Frío criaron y liberaron a más de 2.311 individuos y gracias a ese trabajo lograron establecer una tercera población de caimanes del Orinoco, de otros 500 ejemplares, entre los ríos que confluyen al norte del hato y del estado Apure: el caño Guaritico y el río Apure. Todos los meses de mayo, desde 1989, el equipo de El Frío liberó caimanes nacidos en cautiverio en el caño Guaritico. Sólo 2009 fue la excepción.

2.
Doscientos cincuenta huevos de caimán estaban a punto de eclosionar en las incubadoras de la Estación Biológica cuando una comisión del Ejército y varios funcionarios del Ministerio del Poder Popular de Agricultura y Tierras de Venezuela tomaron, el 4 abril de 2009, las tierras, las instalaciones y todo lo que crecía en el Hato El Frío. Unos días antes, el 31 de marzo, el presidente Hugo Chávez había dictado un decreto en el que ordenaba “la adquisición forzosa de los bienes muebles e inmuebles; así como las bienhechurías que conforman el fundo conocido como Hato El Frío”, “en aras de garantizar la seguridad agroalimentaria de la población venezolana actual y de sus generaciones futuras”.

Chávez ya había anunciado en 2008 su intención de expropiar el Hato El Frío, como parte de su “guerra contra el latifundio” y en función de lograr la “soberanía alimentaria” de Venezuela que, a pesar de su gran cantidad de tierras fértiles, al día de hoy importa más del 80% de los alimentos que sus ciudadanos consumen. “Una buena parte (de esas tierras) debe pasar bajo control del Gobierno a través del Ministerio del Ambiente, es una zona ecológicamente frágil que hay que conservar a toda costa”, dijo el 24 de marzo de ese año. A partir de ese día, comenzaron las inspecciones, cada vez más frecuentes, a las oficinas administrativas del hato, propiedad de la compañía anónima Inversiones Ganaderas (Invega). No así a la Estación que, bajo el control de la asociación civil Amigos de Doñana y Estación Biológica El Frío, sólo fue inspeccionada una vez: el día que la confiscaron.

La asociación civil Amigos de Doñana y Estación Biológica El Frío no recibió ninguna correspondencia ni aviso de expropiación, ni siquiera el día en que ésta fue ejecutada. Sin actas, sin mayores trámites, los soldados y los funcionarios del Ministerio de Tierras cumplieron las órdenes. A las 4:00 de la tarde del sábado 4 abril, notificaron al personal que la estación también entraría en el proceso de confiscación que se estaba llevando a cabo a esa misma hora en las oficinas administrativas del hato.

“El domingo 5 de abril me comunicaron que por una orden presidencial estaban ejecutando un decreto de expropiación y que yo debía retirarme de la estación inmediatamente”, cuenta Fernando Torres, administrador a cargo de la Estación. “Había un personal del ejército allí y no tuve más opción que retirarme. Me dieron una hora para recoger mis cosas. Ni siquiera pude entregar las cuentas ni el inventario de lo que había. Lo único que pude sacar fue un vehículo personal y algunas de mis pertenencias. Todo nuestro equipo de trabajo quedó en la estación”.

Pero no sólo quedaron allí los equipos de trabajo de los biólogos. Los documentos personales del director de la Estación, José Ayarzagüena, su biblioteca y hasta sus viejos pasaportes estuvieron secuestrados durante meses en El Frío, sin que ninguna autoridad le diera esperanzas de recuperarlos. Su mayor preocupación, sin embargo, no eran los papeles que había acumulado durante los 32 años que ha trabajado en la Estación sino los ejemplares que quedaron a la deriva: además de los 250 huevos de caimanes que estaban en las incubadoras y que, finalmente, eclosionaron a finales de abril de 2009, había en la Estación 400 juveniles de tortuga arrau (podocnemis expanda), 50 juveniles de caimán del Orinoco, un jaguar y varios morrocoyes (tortugas de tierra).

Ayarzagüena pidió razón del estado de estos ejemplares en una carta que envió el 26 de mayo de 2009 a la ministra del Ambiente, Yubirí Ortega. Pero su correspondencia no recibió repuesta. Por contrario, el Ministerio pregunta: en junio recibió un correo electrónico de parte del técnico de fauna encargado del control de cocodrilos en Venezuela, donde éste le preguntaba por qué la Estación El Frío no había enviado todavía al Ministerio su reporte de caimanes liberados en el Caño Guaritico en mayo de ese año; es decir, un mes después de que la Estación fue expropiada. Lo más probable, entonces, es que ni siquiera el Ministerio de Ambiente de Venezuela sepa ahora cuál ha sido la suerte de esos ejemplares de los que, en teoría, debió hacerse cargo el 4 de abril de 2009.

La asociación civil Amigos de Doñana y Estación Biológica El Frío también elevó una queja ante el Gobierno venezolano, por intermedio de la Embajada de España en Caracas, para conocer el estatus exacto en que se encontraba la Estación Biológica y los bienes que la conformaban. “La Estación, además, tendría la obligación de hacer un pequeño recuento histórico de su trabajo a lo largo de todos estos años. Pero es que nos han invadido y ni siquiera nos han enviado una carta para notificarlo”, ha dicho en nombre de la asociación José Ayarzagüena.
Mientras, el Gobierno ha querido transmitir a la población la imagen de que, a través de acciones como la que ha emprendido contra este hato y de expropiaciones de otras empresas productoras y distribuidoras, llevará alimentos baratos a la mesa de los venezolanos. Por eso el trabajo de arado de los tractores en el Hato El Frío fue transmitido en directo y de forma obligatoria por las cadenas públicas de radio y televisión. La pantalla mostraba al presidente Chávez dirigiendo, vía satélite, desde el Palacio de Miraflores, en Caracas, la siembra de las primeras 1.200 hectáreas de arroz por parte del Ministerio de Tierras y de los representantes de la Empresa Socialista Agroecológica Marisela, sociedad anónima, que ahora está a cargo de las tierras. El nombre de la empresa, escogido por el presidente, honra a uno de los personajes de la novela Doña Bárbara, del escritor venezolano Rómulo Gallegos: Marisela, hija de Doña Bárbara, la chica que creció cándida y noble a pesar de haber nacido de la corrupción y la barbarie

jueves, 18 de marzo de 2010

Como quien ve llover

Lo único bueno de una larga sequía es que luego la gente se asoma a los balcones para ver la lluvia. Lástima que la novedad apenas duró unos minutos. Y ahora hace calor otra vez y huele a humo de nuevo.






martes, 16 de marzo de 2010

La violencia desangra Caracas...en imágenes

Esta es la secuencia fotográfica completa del reportaje sobre la violencia en Caracas, publicado en el post anterior. Las imágenes fueron tomadas a la medianoche del último viernes de septiembre de 2009, en la emergencia del hospital Domingo Luciani de El Llanito. Advierto: mi pulso a veces no ayuda.













lunes, 15 de marzo de 2010

La violencia desangra Caracas


(Este texto fue publicado originalmente en el diario El País de Madrid, el 6 de octubre de 2009)

1.
Visto así -tendido en la camilla de aluminio, en la morgue del hospital- pareciera que las balas no lograron interrumpir el sueño de Jefferson. Hace unas horas lo mataron en su cama, mientras dormía, de cuatro disparos cruzados en el pecho. Tenía 16 años y su asesino, un amigo del barrio y de la infancia, ronda la misma edad. Él y la procesión de cadáveres adolescentes que se apilan a su alrededor a medida que avanza la noche del viernes, confirman la regla universal de que los difuntos siempre parecen dormidos. También validan la estadística local de que los chicos más pobres, de 16 a 22 años, son las víctimas predilectas de la violencia que cada fin de semana se carga entre 30 y 50 vidas en Caracas.
La teoría del comisario Darío Caraballo es que sólo la lluvia calma esta guerra, que en 2008 dejó un parte de más de 1.900 asesinatos por violencia común y ha convertido a la capital de Venezuela en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, después de Ciudad Juárez y por delante de Bagdad, según un estudio de la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública. Caraballo es uno de los encargados de coordinar el trabajo de los 140 policías municipales que cada noche patrullan el barrio de Petare: una sucesión de infraviviendas de ladrillo rojo que cubren por completo los montes del este de Caracas, que se comunican por unas pocas calles y un complicado laberinto de escaleras, y donde viven unos dos millones de personas. A falta de hombres, armas apropiadas y mejores sueldos, la policía no puede más que encomendarse al clima. “Ni a los malandros [delincuentes juveniles] les gusta mojarse, así que cuando llueve suele haber menos homicidios”, reconoce el jefe policial.
Pero nunca llueve lo suficiente. Sólo en un fin semana, el último de septiembre de 2009, 34 personas fueron asesinadas en Caracas. Cuatro de ellas murieron la noche del viernes en Petare. El primer cuerpo tiroteado que ingresó en uno de los dos hospitales del barrio fue el de Jefferson Michael Ibarra Marrero.
“Déjamelo quieto, que él se va a dormir”. Cuenta su madre que eso le dijo al asesino, antes de que vaciara el cargador de una pistola sobre su hijo. Ella lo presenció todo. Jefferson y el joven de la pistola habían bebido demasiada cerveza. Por un motivo que nadie recuerda, discutieron y se liaron a golpes. Luego Jefferson se fue a su casa. Media hora después, su compañero de juerga entró a su habitación. Disparó sobre él y corrió cerro arriba hasta perderse en el laberinto de escaleras. Los policías de Caraballo llegaron minutos después y ya no lograron alcanzarlo.
Jefferson ya estaba muerto cuando su primo y su hermano lo sacaron del coche patrulla que lo había llevado al hospital. Pidieron a gritos una camilla, pero no había ninguna disponible en la sala de emergencias.

2.
La morgue del hospital no es más que una habitación con aire acondicionado. Las cámaras refrigeradas están averiadas desde hace más de 20 años. La sala de autopsias no funciona desde hace cinco, y ahora es un depósito de los ataúdes que el Estado dona a los indigentes fallecidos.
Cada cadáver permanece allí al menos 24 horas, o hasta que la única furgoneta que los traslada desde los hospitales hasta la morgue central de la ciudad esté disponible. Luego pasan otras 24 horas en la morgue central, o hasta que uno de los forenses de la policía -que practican hasta 37 autopsias un fin de semana cualquiera- certifique la causa del deceso. Para hacer más amena la espera de los deudos, el Ministerio de Interior y Justicia ha colocado un televisor de plasma en las afueras de la morgue central, que reproduce una y otra vez las alabanzas a Dios en vídeo del cantante evangélico Danny Berríos.
“La verdad es que no puedo quejarme. En la morgue me han tratado muy bien”. El lunes día 28 de septiembre por la tarde, la policía científica le entregó a Morela Marrero el cuerpo de su hijo Jefferson, que murió el viernes. Con suerte, y gracias al seguro funerario, logró alquilar una capilla para velar a su hijo. Por razones de seguridad, la Cámara Nacional de Empresas Funerarias decidió en 2007 no prestar servicio a las familias de los jóvenes muertos a tiros.
“Es un peligro para todos. Muchos de esos jóvenes han sido miembros de bandas de delincuentes. Y cuando matan al miembro de una banda, los de la banda rival saben que todos sus compañeros y familiares van a estar reunidos en el velatorio, llorando al difunto. Entonces van a la funeraria y les disparan a todos. Y salen perjudicadas familias inocentes”. Euro Villalobos, presidente de la Cámara de Funerarias, asegura que al menos dos veces al mes se desatan balaceras de este tipo en las capillas y velatorios de Caracas. Los pistoleros disparan primero al ataúd para cerciorarse de que el enemigo está bien muerto. Luego apuntan a todos los demás. A los rivales y a los que no lo son. La semana pasada mataron a un hombre mayor, que visitaba la funeraria para darle el pésame a un amigo.
En enero de 2008, el Gobierno venezolano desplegó 800 soldados a las calles de la capital como ariete del plan Caracas Segura para “erradicar la acción del hampa”. Desde entonces, los guardias nacionales, armados con fusiles de asalto, montan guardia en las esquinas de los barrios: verifican documentos, vigilan, infunden respeto. El barrio los recibe con gusto y alivio.
“Al menos así no desatan tiroteos en las calles principales, sino que los malandros se matan en las escaleras”, dice un vecino de la barriada.
A la Asamblea Nacional también se le ha ocurrido aprobar una ley para prohibir la venta de videojuegos sangrientos, que “promueven y glorifican” el crimen, para ayudar a reducir la carga de violencia entre los jóvenes.
Por la liquidez que inyecta en el país la venta de petróleo y por los patrones de consumo venezolanos, es más que probable que el asesino de Jefferson haya tenido en casa una consola de videojuegos. Pero comprar un arma le resultó sin duda más fácil y casi tan barato como comprar una PlayStation. Un revólver del calibre 38 no cuesta más de 250 euros en el mercado negro. Los chicos saben dónde encontrarlos.
La economía familiar de Orlandito, como se apoda el presunto homicida de Jefferson, es casi idéntica a la de su víctima. Se criaron juntos en el Barrio Unión de Petare. Los viernes volvían a juntarse para beber. Jefferson no estudiaba, ni trabajaba. Su madre, y de vez en cuando su hermano mayor, son las únicas fuentes de ingresos. Ella está contratada por el Gobierno en un programa social de distribución de alimentos baratos. Él, en ocupaciones temporales, cargando piedras y arena como obrero de la construcción. Jefferson era el cuarto de seis hijos de una viuda menor de 40 años y único sostén económico del hogar, que para salvaguardar el honor de la familia, se apresura a aclarar: “El papá del muchacho sí murió de muerte natural”.

viernes, 12 de marzo de 2010

Ávila con obstáculos


Así se ve el cerro El Ávila a las seis de la tarde desde la casa de Hilda, en la calle La Fila del barrio Maca de Petare. Hay que aprovechar la hora, porque ya a las siete, por razones de seguridad, nos es conveniente asomarse por la ventana a mirar nada. (Dentro de unas semanas, una historia de lo que le pasó al hijo de Hilda en el patio de este rancho durante los días de El Caracazo).

miércoles, 10 de marzo de 2010

Viaje al fin del Delta




(Porque no todo es política...una de viajes, de un viaje-mudanza de tres semanas al Delta del Orinoco. Ah...la niña de la foto es Maye Medina)

1.
En mi país los nombres se otorgan casi por el mismo acto reflejo por el que los niños warao llegan al mundo. Usnavy, como los barcos gringos. Esso, como las petroleras extranjeras. Yedoska, como la tragedia informática que acabaría con todos los pueblos menos con San Francisco de Guayo -donde hay una sola computadora y mucha televisión satelital. Maye, como mi apodo, que era novedad en el pueblo. Y Maye Medina, porque alguien debe haber decretado que los indígenas waraos usaran apellidos cristianos, aunque no tuvieran traducción posible en su lengua. Maye nació en el sector Buraco de San Francisco de Guayo, un día de marzo de 2003 que no supe precisar.
San Francisco de Guayo es un kilómetro cuadrado de tierra firme artificial que se extiende sobre el caño Osibukajunoko del Delta del Orinoco, labrado en la selva en 1941 para fundar allí una misión capuchina. Se llamó San Francisco, porque así lo quiso su fundador, en advocación a San Francisco de Asís. Y Guayo, por “aguayo”, nombre que le dan los waraos a un bagre, gris, pequeño y de largos bigotes que solía abundar en este trozo del río. La gran avenida de San Francisco es el Orinoco, que divide al pueblo en dos riberas y que al cabo de 25 kilómetros de navegación, desemboca en el océano Atlántico. Guayo tiene lo que pocos caseríos: una escuela, una iglesia, una comisaría, una medicatura y un generador de energía.
Gracias a su abundancia está poblado por tres tipos de gentes: los que, como Maye, nacieron allí, los que llegaron por lancha y los que fueron arrastrados hasta allá por un naufragio; entre todos suman mil doscientos habitantes.Los palafitos con paredes y puertas de los “criollos” –de la maestra, del policía- están en el margen norte del pueblo; viven allí los que están en contacto más directo con el mundo y el país de afuera, no sólo porque están formados en un oficio sino porque están más cerca de la desembocadura del caño en el Atlántico, donde el cuerpo del delta se desmorona en el mar.
Al centro está todo cuanto le da noción de orden y conjunto al pueblo: la misión, la iglesia, la escuela, la comandancia de la policía, la cancha de basketball y los palafitos con paredes pero sin puertas de los waraos evangelizados. A diferencia de los criollos, estos indígenas comparten su fortuna con la comunidad: todos los días, a las 9:00, los dueños del palafito con televisor descorren la cortina de la sala para dejar ver la telenovela a las decenas de vecinos que se sientan afuera, en el puente que hace las veces de calle sobre la ciénaga.
El margen izquierdo lo habitan los indígenas que no han sido alcanzados por el evangelio, pero sí por la cumbia, por la harina de maíz precocida, las sardinas en lata y el ron. Sus palafitos no tienen paredes, como se acostumbra en la cultura warao, que es la cultura de los hombres y mujeres del agua. En una choza de doce metros cuadrados hay seis hamacas y viven diez. El palafito de Maye es uno de estos, pero está un poco más allá: a media hora en lancha rápida y a dos horas de tracción aplicadas sobre remos que llaman canaletes, en una zona aún más periférica de esta izquierda.En cierto sentido, este es un pueblo horizontal.

2.
Una mujer morena, de pómulos prominentes y seis dedos en el pie no dejaba de mirarme. Se mecía en la hamaca, enterrando el meñique extra contra los troncos del piso para darse impulso. Y yo, en venganza, le miraba el dedo del pie, mientras esperaba que el enfermero que me llevó a Buraco para ayudarlo en la ronda antituberculosa terminara su trabajo. En eso estaba cuando llegó el lanchero gritando “Maye”. ¿Maye? Que es que le quieren poner tu nombre a una muchachita que nació esta semana y la mamá quiere que la veas.
Nadie nunca le había puesto mi nombre a nada. Ni a una sobrina ni a una ahijada. (Debe ser también porque no me llamo Maye sino Maryelina y porque, en cuanto pude, yo misma me cambié el nombre). Qué honor.
La niña tendría tres o cinco días de nacida, la madre unos veintitantos años de edad, y era su tercer nacimiento vivo de cinco partos. Acá el embarazo adolescente no existe, porque las mujeres son mujeres a los quince.
Dígale que le puse su nombre, le habrá dicho en warao la madre al enfermero, porque luego él tradujo, dice que le puso su nombre. Pero Maye no es un nombre, le dije. Y qué importa, volvió a traducir, ese es el que a ella legusta. Comenzamos a entendernos, porque a mí también.

3.
Hay sólo dos formas de salir de aquí. O en el transporte de la alcaldía, que parte una vez a la semana, siempre y cuando se llene el cupo mínimo de quince pasajeros. O por casualidad. En esta comunidad de mil doscientos habitantes, quince personas son poco más del uno por ciento de la población y ese uno por ciento sólo se anima a salir del pueblo una vez por mes. El tiempo estimado de navegación en el lanchón municipal hasta El Volcán -que es el puerto más cercano a Tucupita, la capital del estado- es de ocho horas y equivale a un vuelo Caracas-Madrid. En consecuencia, la casualidad es la línea fluvial que transporta a más pasajeros en todo el caño.
Después de una semana de espera, la casualidad me llegó a la medianoche del lunes. La instrucción que recibí del maestro suplente era que le preguntara a Comiquito: un hombrón de cincuenta y tantos años, grueso, que en aquel momento peleaba con una soldadura del dique que contenía el kilómetro de tierra artificial y al pueblo entero.
Comiquito nació en Tucupita y fue maestro de la escuela de San Francisco, por culpa de un supervisor que le agarró ojeriza y quiso trasladarlo al fin del mundo. Después de diecinueve años de servicio, cuando el ministerio aprobó su jubilación, ya no quiso irse del pueblo y ahora trabaja como contratista de la dirección de Obras Públicas de la alcaldía. Disculpe, ¿es el señor Comiquito?
El que se voltea es un moreno curtido, los bigotes de alambre, y lentes de pantalla azul celeste, decorados con discreto corazón de diamantes, que le protegían los ojos estrábicos de los chispazos del estaño. Es Comiquito.
Salimos a las 11:30 de la noche del palafito en el que viví las últimas tres semanas. Y la memoria es tan benévola que no recuerdo el terror de subir sola a un lanchón que bajaba a medianoche por el Orinoco, tripulado por seis hombres desconocidos, además de Comiquito. Recuerdo sí, todo lo que me trajo la tranquilidad: que había una luna inmensa como una torta de casabe; que los lancheros indígenas tienen una noción exacta del curso de las corrientes y de la ubicación de los bajos, las piedras y los troncos que mi miopía nunca lograra ver; y que el sexto tripulante, sentado al fondo de la lancha, era el policía del pueblo que, más que infundir respeto por su rango, daba la impresión de ser un hombre inofensivo por los dos patos pichones que llevaba amarrados a una de sus botas. También era de Tucupita el policía; habían transcurrido tres meses desde que fue transferido a San Francisco de Guayo para combatir los crímenes más insólitos.
Una tarde le tocó investigar la desaparición de una cosecha entera de ocumo, el tubérculo sobre el que se basa la dieta del warao. El dueño del conuco remó seis horas desde su caserío hasta San Francisco para consignar la denuncia del robo. El policía, que no tiene lancha bajo su mando, consiguió un motor, cuarenta litros de gasolina y cuarenta de aceite; reunir todo, a precio de descuento, le costó unos 200 mil bolívares. Al llegar al caserío, el ladrón esperaba a la policía, bien vestido y calzado; confesó el delito y se subió a la lancha del policía sin que se lo ordenaran. En la mitad del camino, el policía comenzó a llenar su expediente: ¿Y cuántos kilos fue que te robaste? Veinte, mi teniente. ¿Cuánta plata es eso? A 100 bolívares el kilo, serán como dos mil bolívares, mi teniente. ¿Y por dos mil bolívares me hicieron venir hasta acá? Y terminó el ladrón: es que hacía mucho tiempo que no venía a San Francisco.
Me dormí sobre una nevera que Comiquito llevaba a Tucupita a reparar. A las 6:00 de la mañana me despertó la noticia de que nos quedamos sin gasolina y que llegaríamos a El Volcán río abajo, tan pronto como el Orinoco decidiera expulsarnos hacia allá. Al menos ya estamos de este lado y no nos pasó lo que a Juan, comentó el lanchero.
Juan es el capitán de los destrozos del barco varado en el muelle de San Francisco. Salió de pesca desde el Puerto Güiria y su bote naufragó en la desembocadura atlántica del Delta; una patrulla naval lo arrastró hasta este, que era el puerto más cercano. Cada vez que parte el transporte de la alcaldía, Juan se queda en el muelle esperando un repuesto que le traerán para reparar su bote y no volver nunca más. Ya es la segunda vez que Juan llega a San Francisco en semejantes circunstancias y las malas lenguas del pueblo dicen que ni siquiera se comerían un sancocho preparado con leña de ese barco. Toda su tripulación lo abandonó. El repuesto no llega. Y en esa espera ya han pasado seis años

lunes, 8 de marzo de 2010

Pura pena

(Este artículo ha sido publicado en la edición del mes de marzo de la revista Poder, Venezuela. Para leer más ingrese a www.poder360.com)

El gobierno cree que dando pena podrá solventar la crisis en los servicios que padece Venezuela. Pena de recargo tarifario en la factura eléctrica para quienes no reduzcan o aumenten su consumo. Pena de suspensión indefinida del servicio para las empresas que utilicen más kilovatios de los autorizados. Pena de 3,50 bolívares fuertes por cada metro cúbico de agua que gasten de más las familias. Pena que no sienten esos funcionarios que acusan hoy a los venezolanos de provocar una crisis que ellos, desde sus altos cargos, no supieron prever. Pena que sí debe darles reconocer que las medidas de emergencia decretadas no son otra cosa que un aumento encubierto de las tarifas que pagan los consumidores privados de energía; la misma pena que les asaltó cuando prefirieron llamar “ajuste cambiario” a la devaluación de 100% del bolívar fuerte. Aunque las amas de casa se esfuercen por no dejar la plancha encendida, y los bancos y los centros comerciales priven a sus clientes de los aires acondicionados, “capitalista salvaje” como es el pueblo que ellos se figuran, es previsible que sea inmensa la recaudación de dinero que hará el gobierno a fuerza de multas. ¿Qué planeará hacer con los billetes recaudados? ¿Convertirlos en antorchas con el doble propósito de alumbrar las plazas y denigrar del cochino dinero? Porque –literalmente– a la luz de las inversiones que ha hecho Venezuela para dotar de energía a otras revoluciones de América Latina, podría juzgarse que todo ese dinero no lo necesita el país.Hugo Chávez sólo dijo: “Hágase la luz”, y su gobierno repartió decenas de plantas eléctricas en Nicaragua, Bolivia y Cuba, entre los años 2006 y 2009. Nicaragua recibió, en ese periodo, 32 plantas que generarían 240 megavatios de electricidad, junto con unos cuantos barriles de diesel para echarlas a andar; en octubre de 2009, Petróleos de Venezuela invirtió 80 millones de dólares, junto a la Empresa Nacional de Electricidad de Bolivia (ENDE), para la construcción de un complejo termoeléctrico en Cochabamba que produciría 1.200 megavatios; y en 2007 el Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela (Bandes) se comprometió a financiar la construcción de otra central en la localidad cubana de Holguín, por un costo superior a los 153 millones de dólares. Mientras tanto, Venezuela se fue quedando en tinieblas. Comenzaron los apagones en todo el país, los cortes sin previo aviso, los bandazos de los planes del gobierno en el intento de encontrar una solución milagrosa. Sólo la sumatoria de los megavatios que producen, o estarían por producir, los proyectos eléctricos apadrinados por Hugo Chávez en Nicaragua y Bolivia, serían suficientes para cubrir la meta que se propuso el Ministerio del Poder Popular para la Energía Eléctrica de incorporar 1.250 megavatios más en el sistema nacional durante 2010. El gobierno, poco a poco, se queda a oscuras. En el último año, las encuestas han reflejado que el iluminado del continente comienza a perder condiciones de profeta en su propia tierra: entre febrero y diciembre de 2009 la popularidad de Hugo Chávez descendió unos 10 puntos porcentuales, de una cifra cercana a 60% a poco menos del 50%. Por primera vez, los encuestados le endilgan directamente el fracaso de algunas políticas públicas, que antes atribuían sólo a su equipo de gobierno. En la acera contraria, los partidos que conforman el bloque opositor tampoco brilla: parecen haber dejado de lado y en manos de los estudiantes la movilización ciudadana que les correspondería alentar para reclamar la calidad de los servicios. Tal vez ha sido por estar ocupados con la selección de los candidatos que representarán al bloque en las elecciones parlamentarias de septiembre; o porque, entre tanto apagón, a ellos tampoco se les prende el bombillo.
Leer más: http://www.poder360.com/article_detail.php?id_article=3725#ixzz0hbzSI4yQ

domingo, 7 de marzo de 2010

Un etarra en las altas esferas


Arturo José Cubillas Fontán espera que la ola pase. Porque siempre pasa. Esta es al menos la cuarta vez en 20 años, desde que llegó a Venezuela deportado desde Argelia, que reaparece en los diarios el pasado que lo vincula con ETA, en cuyo nombre se le acusa de cometer tres asesinatos. Sólo que en esta oportunidad la Audiencia Nacional dice tener pruebas de que ha reincidido: pruebas que indican que, desde 1999, él es el responsable del colectivo de ETA en Venezuela y que ha coordinado las relaciones entre el grupo nacionalista vasco y la guerrilla de las FARC, con apoyo de Venezuela.

Cuando era cocinero era más sencillo esconderse. Ya no lo es tanto desde ocupa cargos en el Gobierno de Hugo Chávez. El 20 de octubre de 2005, Cubillas fue nombrado director adscrito a la Oficina de Administración y Servicios del Ministerio de Agricultura y Tierras, y desde 2007 es Jefe de Seguridad del Instituto Nacional de Tierras, que depende del mismo ministerio. Por su trabajo, viaja continuamente a los estados llaneros Barinas y Guárico, el primero de ellos, gobernado por Adán Chávez, el hermano del presidente. Participa, junto a la Guardia Nacional, en la expropiación de tierras y tiene estrechos vínculos con el Frente Nacional de Campesino “Ezequiel Zamora”, creado por Chávez para hacer la “guerra al latifundio”.

La esposa de Cubillas, la periodista venezolana Goizeder Odriozola, es más visible que él. Desde el 19 de enero de 2005 ha ocupado seis altos cargos en el Gobierno de Chávez. Es actualmente directora de la Oficina de Información y Relaciones Públicas del Ministerio de Agricultura y Tierras. Pero, sobre todo, es la mano derecha de Elías Jaua: el hombre que se encargaría de la presidencia en caso de que faltara Hugo Chávez, que es ministro de Agricultura y Vicepresidente Ejecutivo al mismo tiempo.

Odriozola suele hacer bien su trabajo de lidiar con periodistas, siempre y cuando no sea ella misma la noticia. En ese caso, pregunta dos veces antes de hablar por el móvil.

-¿Hablo con Goizeder?
-¿Quién llama?
-Una periodista.
-¿De dónde?
-Del diario El País.

Y cuelga la llamada.

Cubillas llegó a Caracas deportado desde Argelia el 28 de mayo de 1989. Un año después se casó con Odriozola. No existe ningún documento que certifique el acuerdo suscrito entre España y Venezuela que lo trajo a Caracas. “No hay nada escrito de ese acuerdo. Felipe González me llamó por teléfono y me preguntó si podíamos recibir un avión con unos vascos que querían mandar. Lo consulté con el presidente Carlos Andrés Pérez, que dijo que sí, y luego llegaron en un avión del Gobierno”, cuenta Enrique Tejera París, canciller venezolano durante la época en que se suscribió el pacto de palabra. ¿Bajo qué condiciones estarían estos vascos en el país? “Bajo ninguna”, agrega Tejera.

De ese avión bajaron once vascos: Arturo José Cubillas, Asun Arana, Luis María Zuloaga, Emilio Martínez de Marigorte, Inazio Aierbe, Juan Luis Argumendi, Juan Miguel, Bardesi, Begoña Trasviña, José Luis Beotegui, Gabriel Segura y Josetxu Portu. En mayo de 1990, un segundo avión trajo desde Panamá a Juan José Aristizábal, a Koldo Sarategui y a Ángel Aldana. Por el mismo mecanismo también llegaron a Venezuela Juan Carlos Arriarán, Kepa Viles, María Ángeles Artola, Xavier Arruti, Eugenio Barriabengoa y Juan Lorenzo Ayestarán, detenido la semana pasada en Francia.

Tejera París sólo volvió a escuchar de los deportados en 1996, cuando el embajador de España en Venezuela de la época le recomendó un restaurante donde trabajaba Arturo Cubillas. “Los cocineros son etarras, pero se come muy bien”, dice Tejera que le dijo el embajador. Oker’s se llamaba el lugar, ubicado en las afueras de Caracas.

Cubillas regentaba la cocina junto con otros tres vascos que habían trabajado con él en el restaurante del Centro Vasco de Caracas. Tuvo que dejar los calderos cuando, además del embajador, los diarios españoles supieron de su paradero y los dueños del local le pidieron abandonar el negocio. “Los conflictos de la política mundial golpearon de pronto a este reducido pero concurrido restaurante. De repente los chefs tuvieron que salir del país, acusados de pertenecer al grupo vasco ETA. Felizmente una señora que siempre los secundó en la cocina, de gran tamaño ella, continúa con las propuestas de la carta original”, escribió sobre el episodio el crítico gastronómico Miro Popic en 1997.

Arturo Cubillas deambuló por dos cocinas más: obtuvo la concesión del restaurante del Centro Catalán y luego, de nuevo, la del Centro Vasco. Distribuía libros de la editorial vasca Txalaparta y pensaba montar su propio negocio cuando Chávez llegó al Gobierno. Entonces, volvió a la política.

El 18 de julio de 2002 Cubillas fue detenido por la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip) por “obstaculizar la acción de la justicia”, en la búsqueda de los etarras Eugenio Barrutiabengoa, Miguel Angel Aldana, José Ayestarán, Jesús Ricardo Urteaga, Luis María Olalde, y José Martín San Sebastián, cuya deportación fue solicitada ese año por España. Cubillas fue capturado durante un acto público en el que participaban dos miembros del partido Batasuna: Javier Zubizarreta, entonces alcalde de Arrasate, y Mikel Corta. Cinco horas más tarde, fue liberado. En mayo y diciembre de 2002, el Gobierno de Hugo Chávez había expulsado a los etarras Juan Víctor Galarza y Sebastián Echaniz Alcorta. También había prohibido la entrada al país de representantes de Batasuna.

Todo comenzó a cambiar el 24 de febrero de 2003, cuando la Defensoría del Pueblo de Venezuela apoyó a Cubillas al denunciar que estaba siendo perseguido por la policía española. En 2006, Caracas también admitió haberse equivocado con la expulsión de Galarza y Echaniz, y se comprometió a pagarles una indemnización.

Cuatro años después, Juan Contreras, representante de la oficialista Coordinadora Simón Bolívar (CSB) y compañero de trabajo de Cubillas en el Instituto Nacional de Tierras, reconoce los estrechos vínculos que durante los últimos once años han tenido los movimientos sociales que apoyan a Chávez con los nacionalistas vascos. Todos los años, desde 1999, la Coordinadora recibe entre 10 y 20 representantes de la Red Askapena; también forma parte de la Red Gernika. “Tuvimos una relación con Batasuna, pero no con ETA. Se trata de criminalizar esa relación, pero una cosa es ETA y otra cosa son las organizaciones del pueblo”, dice Contreras. Sin embargo, en enero de 2008, la CSB dejó sus siglas pintadas con spray en la fachada de la embajada de España en Venezuela, junto a un anagrama de ETA y a un mensaje que decía: “Solidaridad a los detenidos de Batasuna. Solidaridad al pueblo vasco”.

La CSB es la misma que el 26 de septiembre de 2008 inauguró una plaza en honor al fundador de la guerrilla de las FARC, Manuel Marulanda, en medio del barrio 23 de enero. Como en el caso de ETA y el nacionalismo vasco, Contreras también se esmera en distinguir matices en el gesto de construir la plaza: “No resaltamos a las FARC sino a la lucha heroica del pueblo colombiano y de Manuel Marulanda. El homenaje no era a las FARC sino a la constancia de un hombre”.