lunes, 26 de abril de 2010

No hay golpe pequeño


(Este texto fue publicado originalmente en la primera edición de la revista Marcapasos, en marzo de 2007. En marzo de este año fue reeditado en la antología Se habla venezolano (Editorial Punto Cero) que reúne algunas de las crónicas publicadas en Marcapasos).

1.
El pequeño Tyson tiene siete años, y ha recibido y repartido unos cuarenta y dos minutos de golpes a la mandíbula y al torso, en cuatro años de carrera boxística. Pesa veintitrés kilos que mueve con la rapidez de un zancudo cuando sube al cuadrilátero, hasta que su contendor logra cercarlo contra las cuerdas por unos segundos. Que no duele, dice él, para explicar, en su discurso de niño, que ni el gancho más contundente le ha hecho preferir el beisbol antes que el boxeo.
Subió por primera vez al cuadrilátero a los tres años, sólo para la foto. Llevaba unos guantes de diez onzas –rojos con negro– que formaban una sola pieza desde sus nudillos hasta el antebrazo y hacían contraste con su gesto blando y con sus pantaloncillos de muñequitos. Ahora, de siete, Francisco José Cuadrado –que tal es su nombre fuera del ring– tiene la pose del retador: sabe entornar la mirada, juntar las pupilas con las cejas y marcar un jab en el aire, mientras con el puño derecho se protege el rostro. La fiereza se aprende.
En lugar de fotos de bautizo, cumpleaños y actos escolares, su álbum personal es un desfile de superestrellas locales: aquí lo alza en brazos el presidente de la Asociación Mundial de Boxeo, Gilberto Mendoza; acá corretea al campeón mundial superpluma Edwin Valero en el gimnasio de Caricuao; en esta otra aparece con el primer campeón mundial de Venezuela, el “Morocho” Hernández; y ésta es de la última visita a Caracas de su padrino de cuerda, Jorge Zerpa. Sólo en unas pocas posa junto a su padre, José Cuadrado, que suele ser la voz detrás del lente que le pide: “Hijo, voltea… una sonrisita”, y que –click– lo inmortaliza al lado de los campeones. “En esta foto tenía ocho meses”, explica el papá, y aparece Francisco José con la mano derecha muy abierta y la izquierda cerrada en un puño. “Desde chiquitico está es pendiente de golpear”.
José Cuadrado no es de esos que avergüenzan a los hijos mostrándole a la visita sus primeros desnudos en la bañera. Cada imagen que saca de los álbumes guarda coherencia con su proyecto de vida: el suyo y el de Francisco. Las alinea sobre un mantel puesto en el piso y lee en ellas el futuro del menor de la familia, como si fuesen cartas del Tarot: “Pienso que a los quince años debe estar en la selección nacional y para 2016 tenemos pautado que vaya a las olimpíadas. No pasará de sesenta kilos. Ya en el 2020 puede optar al campeonato mundial”.
–¿Y si el niño no quiere? –le preguntan siempre.
–Él no va a abandonar el boxeo mientras tenga el apoyo mío. Y yo no quiero que sea sólo un campeón, sino un súper campeón.

2.
Tres de cada diez niños que asisten al gimnasio de boxeo Manuel Mota, en la calle Alí Primera de Los Teques, estado Miranda –donde entrena el pequeño Tyson–, desertan al llegar a la adolescencia. “Usted sabe: entran al liceo y empiezan a tener noviecitas, a salir por ahí”. Razón de hormonas, de feromonas. Esa es la explicación que le encuentra el entrenador Jesús García a este éxodo natural. Pero, a pesar de las estadísticas, ahora mismo se ejercitan alrededor de doscientos niños en el gimnasio, y sus edades oscilan entre los cinco y los diecisiete años. Allí les enseñan disciplina, a llamar de “usted”, a respetar a sus padres; los resguardan del ocio y los dejan lo suficientemente cansados como para que al llegar a casa piensen sólo en dormir y no en buscar pleitos. En ocho meses, dependiendo de las habilidades de cada uno, les advierten que llevan armas blancas en las manos.
El boxeo es el único deporte en Venezuela por cuya formación no hay que pagar nada: ni matrícula ni inscripción. Sería el colmo, dice García, que además de venir a recibir golpes se les fuera a cobrar algo. El atleta compra su equipo –guantes, caretas, vendas– y el Estado le provee lo demás: formación gratis y una beca que oscila entre los trescientos y los quinientos mil bolívares para los mayores de doce años que ganen medallas en los campeonatos nacionales. La regla general es que los que se inician en el Manuel Mota son muchachos de extracción popular: vienen de la carretera vieja de Tejerías, del sector La Lagunetica de Los Teques (donde vive el pequeño Tyson), del Barrio Miranda, de La Nacional, del José Gregorio Hernández, de La Matica, de Santa Eulalia, de Palo Alto, del barrio El Trigo; aunque en la última temporada comenzaron a llegar algunos de urbanizaciones de clase media, de San Antonio de los Altos, de Club de Campo y de Carrizal. Cuando hay más violencia en las calles que en el ring, hasta la madre consentidora prefiere que a su hijo le saquen el aire de un upper y no de un disparo. Eso explica por qué la mayoría de los atletas jóvenes, muy jóvenes, se inician en el deporte a instancias de sus padres.
Ya nada es como antes, cuando los muchachos que se aventuraban en el mundo del boxeo tenían que hacerlo a escondidas. Jesús García fue uno de esos niños, hace más de tres décadas.
Comenzó a boxear en Maturín, a los doce años. Vendía empanadas y periódicos, y con los puños sonaba al que se le ocurriera robarle la mercancía mientras se distraía en un juego de metras. Cuando sospechó que de los golpes podía hacer una carrera, empezó a guardar parte del dinero que sacaba de las ventas y le daba algo a la maestra para que lo dejara salir temprano de clases. Liberado de la escuela, se iba a entrenar al gimnasio del mercado municipal. Ahí lo recibió el boxeador José Castillo y como primer ejercicio le aplacó los calores de combate.
Pasaron seis meses antes de que su entrenador lo dejara subirse al cuadrilátero. Hasta que, por fin, llegó el día del debut. Y perdió. Y cuando llegó a su casa, con un ojo hinchado, recibió una paliza aún peor que la que le habían dado en la pelea.
Hoy Jesús García es uno de los pocos entrenadores de boxeo infantil que se han formado en cursos universitarios y en la vida para hacer todo lo que hace. Dice que el secreto del boxeo está allí, y señala un par de cauchos viejos que están tirados en el piso del gimnasio: está en pulir la habilidad de rebotar en los bordes de ese caucho, con un pie adelante y otro atrás, con la mirada al frente, con los puños en movimiento y sin perder el equilibrio. Con ese ejercicio los niños aprenden primero a sincronizar sus pies, su cadera, sus manos y su cabeza; luego, a no ser golpeados en el intento. Los demás trucos –bailar sobre el ring, identificar la voz del entrenador entre el griterío del público– se logran con oído musical. Eso también puede enseñarlo García, que de siete a doce es enfermero del hospital Victorino Santaella de Los Teques; de dos a ocho entrena a treinta y cuatro niños en el gimnasio Manuel Mota; y a partir de las ocho es solista del restaurante Tierra de Fuego, en la carretera Panamericana, o la voz cantante del mariachi Tierra del Sol. Los amigos se abstienen de gastarle bromas por sus múltiples oficios: García ha salvado a más de uno de intentos de atracos y tiene la sensibilidad suficiente para ponerle corazón a una ranchera; con él los mariachis se sienten bien representados.
Si pudiera elegir, García no aceptaría a muchachos menores de siete años en su club, porque está contraindicado médicamente y porque sabe que algunos ejercicios pueden afectar el desarrollo físico del atleta. Luego están las excepciones, que son esos niños de cinco o seis años a los que deja correr por el gimnasio, combatir frente al espejo, hacer sombra en el cuadrilátero y mirar de lejos las peras de boxeo. “¿Cómo hace uno? –dice García–. Los padres insisten en traerlos, y la Ley de Protección del Niño y del Adolescente prohíbe a los entrenadores cerrarle la puerta del gimnasio a un niño que desee hacer deporte”.
–¿Y qué pasa con Tyson, que entrena desde los tres años?
–Es un caso distinto. Él ya es un atleta.
Que es algo más que una excepción.

3.
Los boxeadores experimentan una atracción especial hacia el satén. Francisco Cuadrado no es distinto. Lleva puesta una bata de un amarillo claro brillante, con su nombre artístico cosido a la espalda en letras negras: “Mini Tyson”. El campeón gallo de los ochenta, Edgar Román, se encorva hacia su oído, le bate el dedo índice en la cara, da instrucciones y lanza ganchos al aire. Jesús García, su entrenador, le ajusta la malla del protector a la cabeza. José Cuadrado, el padre, se cuelga la toalla oficial de la esquina en el hombro. Y Zenaida González, la madre, sostiene una cámara fotográfica mientras espera el combate, pero no se acerca demasiado; esta vez no había tanto trabajo en la peluquería, por eso pudo venir.
Estamos en el año 2005 y el locutor anuncia la pelea: “El extraordinario peleador Tyson Cuadrado tiene apoyo…”, la barra grita, silba, hace porras; la reina de los Juegos Deportivos Comunales de Guacaipuro se espabila. “Pero le salió un tigrito al frente… va a estar compartiendo espectáculo con Eduardo Ávila, ‘El Tigrito’, de la cuerda de David Grimán. Sí, señor… ‘El Tigrito’ Eduardo Ávila promete una gran pelea con Tyson Cuadrado”.
El Tigrito tiene nueve años, aunque en su esquina le calculan menos edad; es largo, flaco, pero pesa más de treinta kilos. Su equipo, el de David Grimán, necesita acumular una victoria más para titularse campeón de Los Teques en boxeo infantil. Y Tyson, el contendor elegido para enfrentarlo, cumplió cinco años hace cuatro meses, y no pesa más de veinte kilos.
“Y ahí lo tienen…”. El público vuelve a aplaudir y de una carrera sube Francisco Cuadrado al ring. Corretea dos vueltas en torno a la réferi, saluda, agita los puños en el aire. Tiene todos los juguetes que necesita: botines nuevos, guantes azules con blanco que le combinan con el protector de la cabeza, y la drusa blanca y la franelilla negra –que también llevan su nombre– hacen contraste con la bata amarilla que se acaba de quitar.
Tyson tiene más de seis uniformes en uso y una maleta llena de ropa nueva –shorts, monos, pantalones para el colegio, de tallas diez y doce– que el papá le manda a hacer con años de antelación.
Ahora sube El Tigrito. Lleva una drusa amarilla, franelilla verde militar, protector rojo y los mismos zapatos negros de la escuela. Deja colgar los brazos a cada lado de su cuerpo, por el peso de los guantes. Da dos pasos al frente, se inclina tres veces a modo de saludo y vuelve a su esquina.
Suena la campana. Y el gimnasio comienza a convertirse en una plaza de toros.
Gritos, silbidos. Pega Ávila un recto de derecha a la cara. Tyson retrocede. Ávila avanza, hace giros, presume con la derecha antes de soltar otro recto. Tyson se defiende con un jab y alcanza la cabeza de su contrincante, que está más arriba de su hombro, pero recibe un cro de derecha. Ambos niños se abrazan en un clinch. Ávila lo arropa en tamaño y pega uno, dos, tres uppers. Tyson le llega un recto a la mandíbula antes de que la réferi los separe. Sigue el combate. Otro clinch: Ávila sujeta a Tyson con la izquierda y conecta uno, dos, tres uppers, lo lleva a las cuerdas.
Las niñas gritan, los hombres silban, los niños sudan, la réferi sólo mira.
Tyson se escapa por la izquierda, responde con dos ganchos. Los separan. Sigue el combate. Ávila vuelve a llevar a Tyson a las cuerdas, dando brazadas de molino. Clinch, danzan un par de segundos mientras se conectan golpes a las costillas y se bambolean como en cámara lenta. La réferi recibe un guantazo al pecho cuando trata de separarlos.
Tyson da tres golpes más antes de que acabe el primer round de un minuto. Regresa saltando a su esquina. Se deja caer en el banco. Escucha las instrucciones de García, que le llena de agua la boca. El embudo está demasiado alto para su estatura, escupe al piso, jadea. Y se acaban los treinta de segundos de descanso.
Suena la campana.
Avanzan uno contra el otro, en guardia, no atinan los primeros golpes pero mueven los brazos como aspas de ventilador hasta encontrar el rostro del contrincante. Clinch. Ávila trata de derribar a Tyson hacia la izquierda dejando caer todo su peso sobre él. La réferi los separa y clinch: Ávila lo intenta de nuevo. Tyson atina por los menos un golpe antes de soltarse cada vez.
Suena la campana.
José Cuadrado choca el guante de su hijo. “¡Así es! ¡Así es!”.
Suena la campana.
Se marcan uno a otro antes de intercambiar jabs, rectos, trastabillar. Tyson pega un par de cros de derecha, pero Ávila vuelve a colgarse de su cuello para derribarlo. Gritos. Cuadrado da palmas sobre la lona de la esquina de Tyson. La réferi los separa. Tyson dribla sobre sus pies, Ávila da pasos largos y mantiene las piernas abiertas. Se juntan, intercambian guantazos a la cara hasta que termina el tercer round de un minuto, el último cuando se pelea en categorías infantiles.
“Yo vi ganar al mío”. José Cuadrado ha repasado una y otra vez este video, que termina con la decisión de los jueces de otorgarle una medalla de oro a Ávila y el triunfo a su cuerda de boxeadores. “Para ser honesto, esa pelea estaba montada para que el muchacho Ávila ganara por nocaut”. Cuadrado está convencido y por eso no le dirigió la palabra a Grimán en los cuatro meses siguientes.
Sabe que por lo menos hasta los diez años, cuando Tyson podrá optar a la categoría pre junior de treinta y dos kilos, su hijo está obligado a competir con atletas que lo superan en peso, tamaño y edad, si quiere subir al cuadrilátero para hacer algo más que boxeo de sombra. “Teníamos que seguir avanzando”. Y sabe que en este deporte los entrenadores suelen cazar “rellenos de cartelera” que ayuden a sus muchachos a ascender en la escala de combates ganados. “¿Pero hacerle un montaje a un niño de cinco años?”. Eso ya era demasiado.

4.
En 1997, la Academia Americana de Pediatría publicó una muy breve declaración para oponerse a la práctica del boxeo infantil. Léase, era breve: “La AAP se opone al boxeo infantil debido a que puede generar importantes lesiones cerebrales y oculares”. Y ya. La Asociación Médica Australiana también dijo lo suyo cuando la isla-continente convocó a su primer campeonato de boxeo infantil para niños de entre once y catorce años: en una campaña televisiva comparaba los perjuicios que podía sufrir el cerebro con las magulladuras que sufre un flan cuando se le sacude dentro de una caja. El debate terminó cuando la ministra australiana de Deportes para la época, Jackie Kelly, respondió a sus críticos que, aunque se prohibiera el boxeo infantil, los niños seguirían boxeando en los gimnasios; más razonable –dijo– era aumentar las medidas de protección al deportista que condenarlo a la clandestinidad.
En el Manuel Mota nadie ha escuchado nombrar a Jackie Kelly, pero los entrenadores coinciden con ella en que, ya que no pueden evitar que los niños boxeen, es mejor extremar las protecciones. En Venezuela, el boxeo infantil se comenzó a practicar con más fuerza a partir de la década de los noventa: cuando el boxeador Mike Tyson se mostraba como el gran ídolo y posible sucesor de Muhammad Alí, y cuando las instituciones boxísticas venezolanas comenzaron a masificar el deporte y a cazar talentos, conscientes de que el boxeo es la disciplina que ha traído más medallas olímpicas al país: dos de plata y la única de oro hasta el sol de hoy. Sin embargo, los reglamentos del Instituto Nacional del Deporte y de la Federación Venezolana de Boxeo siguen regulando expresamente esa actividad en sólo seis categorías, que van desde la pre junior B (para niños de doce a trece años no cumplidos o con un máximo de treinta y dos kilos de peso) hasta la juvenil (que practican jóvenes de entre dieciséis y diecisiete años no cumplidos, o con pesos de cuarenta y seis a cuarenta y ocho kilos). En consecuencia, las peleas que se desarrollan fuera de esos límites de peso y edad son responsabilidad de los entrenadores y de los padres de los atletas; de hecho, no existe un registro confiable del número total de niños que boxean, ni de los gimnasios a los que asisten. Para prevenir sanciones, quienes planifican este tipo de encuentros en el marco de campeonatos, suelen llamarlos “exhibiciones de combate”. La regla general es que éstas tengan una duración de tres asaltos, de un minuto cada uno, interrumpidos por treinta segundos de descanso. El uso también estableció que, al final de la pelea, el jurado no declara a un ganador, sino que el réferi alza la mano de ambos niños para evitar que alguno sufra ese politraumatismo mayor que es la derrota. A los dos les dan medallas, y el público ya sabe que el que mejor peleó fue el que se llevó la de oro.

En rigor, el pequeño Tyson no ha perdido ninguna de sus catorce demostraciones, porque siempre se ha llevado al menos una presea de plata a la casa. Pero sí ha recibido más golpes que sus contrincantes, por razones insalvables: dada su propia y ya larga trayectoria, ha tenido siempre que hacer el papel de David frente a Goliath. La técnica, que es cierto que la tiene, no lo ha salvado de la fuerza de niños que le doblan la edad.
Esos mismos niños, sin embargo, ven en él un modelo. Esa seguridad en el cuadrilátero, ese entrenamiento, ese plan, su padrino, todo lo que tiene. Los hermanos Wilfredo y William Oropeza, de nueve y once años –sus vecinos en Los Teques–, lo admiran como si fuera Rocky Balboa. Tez blanca, tan delgados que los guantes nunca parecen calzar bien en sus manos, al lado del pequeño Tyson lucen hasta imponentes. Pero, aunque llegan siempre al gimnasio antes que la familia Cuadrado, sólo se mueven cuando su ahora vecino y futuro campeón se ha cambiado y empieza a calentar alrededor del ring. Le siguen el trote. “Ellos comenzaron a entrenar hace unos meses. Se metieron al gimnasio porque me vieron a mí pelear”, se jacta Francisco.

5.
Jorge Zerpa, entrenador del campeón Edwin Valero en Japón, dice confiado que en Venezuela están los mejores entrenadores de boxeo del mundo. Sin embargo, tiene sus dudas respecto a que todos conozcan de los perjuicios que puede generar el entrenamiento en niños.
“Muchos entrenadores desconocen que los niños menores de doce años no pueden pegarle a los sacos, porque sus huesos no están formados, son cartílagos, y llega un momento en que sus músculos se atrofian. Cuando un entrenador sube a un niño a pelear, ese niño debe haber cubierto todas las etapas de prelación para un combate. Y todos los atletas, para aguantar, deben tener su ficha médica en regla”.
Pero la ficha médica que se requiere en el país para practicar el boxeo en categorías infantiles es la misma que se exige en cualquier disciplina, y se otorga a atletas de cualquier edad. Para obtenerla, el niño debe someterse a una hematología completa, a una tomografía y a un examen cardiológico. Si todos estos exámenes están al día, no hay otra limitante para competir que tener las extremidades completas, estar en capacidad de ver y oír, y no presentar retardo mental.

6.
Jorge Zerpa y José Cuadrado son compadres por partida doble. El entrenador bautizó a Francisco Cuadrado con su nombre en una iglesia católica, y con el mote de “Mini Tyson” o “Pequeño Tyson” en el ring. Se le ocurrió, supone, porque Mike Tyson era el boxeador preferido del niño.
La rutina de entrenamiento de Francisco comenzó en la cuna con setecientos cincuenta movimientos para afinar reflejos y capacidad motora (su papá recuerda el número exacto). Cuando tenía año y medio de edad, Cuadrado le dijo a Zerpa: “Quiero que tú seas el entrenador de mi hijo”; y ya desde los tres lo llevaba una que otra noche a hacer “guanteletas” a su apartamento en Los Teques. “El compadre Cuadrado tiene bastantes aspiraciones con este niño, quiere que represente a Venezuela, que logre medalla olímpica y salga al boxeo profesional. Y está empeñado en que yo sea su entrenador, pero lo veo un poquito difícil, porque cuando él vaya a debutar yo espero estar retirado del deporte”. Ni siquiera para Zerpa es lícito pensar que pueda desmoronarse el futuro que José Cuadrado tiene previsto para su hijo. Él lo ha planeado todo.
Cuadrado trabaja como vendedor de gomas automotrices y como vigilante de un local adjunto a una estación de servicio de Los Teques; desde que se separó de la mamá de Francisco, hace poco más de un año, vive ahí, sólo. Y ahí también escribe. Desde 2003 ha acumulado doce cuadernos que contienen los focos de desarrollo del “Proyecto Pequeño Tyson 2020”: alimentación, medicina, recreación, deporte, educación, publicidad, religión, dotación, beneficios (“que ahora está en blanco pero que, seguro, va a tener”). En la libreta de alimentación, guarda recetas que recorta de los periódicos; y en una esquina del local dispuso una hornilla y la licuadora con las que prepara la dieta que le lleva al niño a la escuela antes de que den las tres de la tarde: ensaladas de fruta, carnes a la plancha, ensaladas verdes con aceite de oliva, jugos.
Por lo menos un día a la semana, Cuadrado reserva las ganancias que obtiene de la venta –cincuenta, setenta mil bolívares– y las deposita en una cuenta reservada para “el proyecto”. Pero es aún más previsivo: ya mandó a coser una docena de monos de ejercicio talla doce para que Tyson los use a los dieciséis años, porque el niño crece y los precios aumentan. También guarda todos los artículos que en un futuro no muy lejano pueden ser objeto de subasta: los zapatos talla veintiocho que usó el campeón cuando pisó por primera vez el ring; los cuatros pares de botas ortopédicas que moldearon el empeine del campeón; los dientes que mudó de caída natural.
¿Y el niño? ¿Qué quiere ser cuando sea grande? Francisco responde automáticamente: “boxeador”. Su papá, que también hace las veces de entrenador, le ha enseñado a enfrentarse a las cámaras y a los grabadores: “Primero tienes que ver al público y, ante todo, saludar”. ¿Quién es tu boxeador favorito? “Edwin Valero, Oscar de la Hoya y Mike Tyson”. ¿Qué te gusta de ellos? “Que todos son campeones”. ¿Cuál ha sido tu pelea más difícil? “Ninguna, porque todas son exhibiciones hasta los diez años, que es cuando empiezo a pelear”. ¿Cuál es tu sueño? “Ganar la copa mundial y también ir a los juegos olímpicos y a Mayami y a pelear en todos los países del mundo”. ¿Te han buscado pelea en el colegio? “No, no me gusta pelear en la escuela”.
El papá del pequeño Tyson está convencido de que no se puede ser bueno en ninguna disciplina sin el apoyo de quienes conforman el entorno del atleta. De lo contrario, su propia carrera habría sido otra cosa.
José Cuadrado comenzó a boxear a los diecisiete años. Sólo hizo dos combates profesionales, contra Williams Rojas y Claudio Serrana. Ambos los perdió. Peleó por última vez en 1989, aunque siguió entrenando hasta 1993: “Cuando estaba en buenas condiciones no había peleas y cuando había peleas no estaba en condiciones”.
Por eso no deja nada a la suerte en el entrenamiento de su hijo. Cada vez que se le manifiesta una nueva idea para la construcción de su “personaje”, se inspira y anota un párrafo más en los cuadernos. El que mejor le quedó, porque dice todo lo que siempre quiso decir, lo escribió en unas vacaciones de Semana Santa, sentado frente al local que vigila en la bomba de Los Teques:
“Después de haber participado en distintos torneos municipales, estadales, nacionales e internacionales, mundiales y olímpicos, creemos estar listos para solicitar nuestra participación a nivel profesional con una empresa boxística internacional y un jugoso contrato por la firma y derechos para conducir la carrera de ‘el Pequeño Tyson’. El objetivo es construir un ‘ídolo de multitudes’.
Los Teques, Jueves Santo, 13 de abril de 2006, a las siete y cuarenta y dos de la noche”.


GLOSARIO
Jab: golpe defensivo en que el puño se desplaza en línea recta, sin estar acompañado de movimiento de cadera. Para boxeadores derechos se usa el término “jab de izquierda”, y viceversa en el caso de los zurdos.
Recto de derecha o de izquierda: golpe de ataque en que el puño se desplaza en línea recta, acompañado de un giro de cadera. Se usa el término “de derecha” para los boxeadores derechos y “de izquierda” para los zurdos.
Upper: golpe que sale de la cintura del boxeador y que suele ir a parar a los costados del contrincante.
Gancho: golpe que se produce colocando el brazo en arco.
Cro de derecha o de izquierda: golpe defensivo que se utiliza para repeler el jab, que viaja sobre el hombro del contrincante y es acompañado por un paso lateral.
Clinch: posición en la que quedan los boxeadores cuando uno de ellos abraza al otro para coartar su movimiento

Marzo, 2007

jueves, 15 de abril de 2010

Marea verde

(Este artículo fue publicado originalmente en el diario El País, el 15 de abril de 2010)

La multitud que aclama al presidente venezolano Hugo Chávez ha cambiado radicalmente de color. Solía ser roja, civil y bulliciosa. El martes, durante el acto organizado por el Gobierno para celebrar el octavo aniversario del regreso al poder del comandante tras el golpe de Estado de 2002, fue verde oliva, militar, silenciosa, atenta a una voz de orden cerrado para romper filas después del discurso presidencial. Era el mismo pueblo, según Chávez, pero ahora armado con fusiles y vestido de milicia para defender "la patria de (Simón) Bolívar, la revolución socialista". En cifras oficiales, más de 30.000 hombres y mujeres, a los que el presidente tomó juramento de lealtad en el que bautizó como "Día de la Milicia Bolivariana, del Pueblo en Armas y de la Revolución de Abril".
"A ver... levanten el fusil las milicias estudiantiles", les arengó el comandante. Y el primer bloque de tropa frente a la tarima —varias hileras de universitarios— alzaba las armas. No llevaban los fusiles Kaláshnikov, de los 100.000 que recientemente compró el Gobierno venezolano a Rusia, sino los viejos fusiles ligeros de asalto (FAL) que solía usar el Ejército. A este gesto, Chávez aseguró que Venezuela no está en medio de ninguna "carrera armamentista": "Hay que tener cinismo para decir eso, sobre todo si lo dice ese imperio maldito que es el imperio yanqui, que un día desaparecerá de la faz del planeta".
Los milicianos son, en su totalidad, empleados públicos, integrantes de Consejos Comunales —organización popular creada por el Gobierno— y estudiantes de la Universidad de la Fuerza Armada. Son amas de casa, jubilados, oficinistas... Difícilmente se colaría entre ellos un "escuálido" (opositor). Pero, por las dudas, las armas que llevaban no tenían cargador y ni balas. Se las entregaron horas antes de comenzar el acto, tras mostrar cada uno su cédula de identidad al pie de un camión de reparto. El presidente confesó más tarde que aún teme un ataque en su contra: "Las conspiraciones siguen a la orden del día, mi asesinato sigue a la orden del día".
Luego llegó la hora de la jura, y Chávez se enfundó unos guantes negros para tomar en sus manos la espada de Bolívar: un sable de oro, acuñado en diamantes que le fue obsequiado al prócer en Lima, en 1825. "Esta espada la conseguí por ahí, en el Banco Central, donde los escuálidos la habían guardado. Estaba en una fría bóveda. Voy a desenvainarla en ocasiones memorables, como esta". Entonces la empuñó sobre su cabeza, pidió a los milicianos que hicieran lo mismo con el fusil, y les hizo prometer que no darían descanso a su brazo hasta liberar a Venezuela. ¿De qué? De los yanquis, de la burguesía. Les pidió "radicalizar la revolución a fondo" y "barrer" a esa burguesía de todos los espacios políticos y económicos si acaso se aventuraba a perpetrar un magnicidio, o si se atrevía a sacar más votos que el Partido Socialista Unido de Venezuela en los comicios parlamentarios del 26 de septiembre.
"No podemos permitir que la burguesía ocupe espacios en la Asamblea Nacional. Toda la Asamblea Nacional debe ser del pueblo", ordenó Chávez a sus seguidores. "Ellos no vienen a gobernar, vienen a tratar de desestabilizar el país, a echar atrás las leyes revolucionarias y eso no lo podemos permitir". Al hablar de "burguesía" se refería a la pléyade de partidos de oposición agrupados en la Mesa de la Unidad Democrática, que van desde la extrema derecha a la extrema izquierda. A diferencia de las elecciones parlamentarias de 2005, a las que la oposición decidió no presentarse, esta vez la Mesa de la Unidad se ha propuesto llevar candidatos únicos para asegurarse tantos escaños como sea posible. Y Chávez, que hoy en día cuenta con el voto de las dos terceras partes del Parlamento, ya se había acostumbrado a gobernar solo.

Trueno comunicacional


(Este texto fue publicado originalmente en el diario El País, el 14 de abril de 2010)

Son 75 jóvenes. Tienen entre 13 y 17 años. Y con la mano izquierda en alto, uniformados con chalecos caqui y pañuelos rojos atados al cuello, juraron el lunes ser parte de los "comandos juveniles de guerrilla comunicacional" que promueve el Gobierno de Hugo Chávez para combatir los mensajes que difunden en su contra los medios de comunicación privados. "Juro expresamente ante la injusticia de los poderosos consagrar mi rebeldía y defender la dignidad de nuestro pueblo (...)". "Si así lo hicieren, que Dios y la patria y el pueblo soberano os premien. Y si no, que os lo demanden", les respondió la nueva ministra de Comunicación e Información, Tania Díaz.
Luego, Díaz tomó un radiotransmisor y giró instrucciones para que los muchachos aplicaran lo aprendido en dos meses de formación: "¿Me copian?". "Copiado", respondió una voz de niña al otro lado del transistor. "Vamos a dar inicio a la Operación Trueno Comunicacional". Cambio. "Equipos de desplazamiento rápido: realizar labores de volanteo, perifoneo [publicidad con altavoces] y empapelado de las estaciones del Metro, Línea Uno", fue la primera orden.
En febrero, los tres primeros comandos de guerrilla comunicacional comenzaron su entrenamiento en el uso de cámaras de vídeo, confección de murales y de panfletos y objetivos de propaganda. La aspiración de la jefa de Gobierno del Distrito Capital, Jackeline Farías, es fundar 25 comandos más en Caracas, para lo que ya ha invertido más de 500.000 euros.
Para el ministro de Educación, Héctor Navarro, la iniciativa es tan apropiada como el nombre que se ha escogido para bautizarla. "La guerrilla dispara desde donde tiene que disparar, haciéndole mayor daño a quienes tienen que hacer daño", dijo el ministro en el acto de jura. En su opinión, los medios de comunicación "son el aparato de dominación de los pueblos" y de allí la necesidad de combatirlos. ¿Cómo lo harán estos chicos? Desde las redes sociales de Internet, a murales o la intervención directa. "Si alguien está diciendo algo en el autobús, ustedes tienen que responder con el mensaje claro", les aconsejó Navarro. Esto complementa al aparato de comunicación del Gobierno, que ya cuenta con cinco estaciones de televisión y 73 emisoras de radio.
Algunas sesiones de los talleres impartidos a los jóvenes fueron televisadas por el canal comunitario Catia TV. En una primera escena, del 24 de febrero, el presidente del Instituto de Juventud de la capital, Alfredo Rajoy, visita el liceo Fermín Toro de Caracas con el mensaje: "Los jóvenes adolescentes son los más vulnerables a los embates de la derecha internacional, imperialista, a través de los medios de propaganda de la burguesía. (...) Si no logramos que la juventud tome las riendas de este proceso revolucionario difícilmente lograremos que se perpetúe". En el segundo taller, del 3 de marzo, un camarada adornado con una camiseta del terrorista Ilich Ramírez, El Chacal, enseñó a los chicos cómo tener pensamiento crítico. Y ya el 10 de marzo, Argi Rondón -estudiante del penúltimo año de secundaria- estuvo lista para afirmar a la cámara que estos talleres fueron "una manera de demostrarle a la juventud qué tipo de información es la que se debe transmitir". ¿Cuál es esa información? "Un mensaje de paz, de conciencia, de socialismo. Es lo que queremos: que los jóvenes sean socialistas", dijo Argi con vehemencia.

lunes, 5 de abril de 2010

Venezolanos que sueñan con el imperio


(Una versión de este texto se publicó el domingo 4 de abril de 2010 en el suplemento Domingo del diario El País).


Alguna vez Hugo Chávez tuvo el mismo sueño americano que Leisman Acosta. En 1971 se alistó en la Academia Militar de Venezuela con la idea de irse a Caracas para allí captar la atención de un buscador de talentos que lo ‘firmara’ y se lo llevara a Estados Unidos como jugador novato de la liga americana de béisbol. Pero se quedó en el cuartel. Se convirtió en el pitcher zurdo del equipo del Ejército. Luego, en líder de un intento de golpe militar contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, en 1992, y en Presidente de la República, en las elecciones 1998. Desde entonces, Estados Unidos dejó de ser un sueño para él y se transformó en el aborrecible ‘imperio yanqui’.

Pero si en el futuro Leisman Acosta –de 12 años, buen prospecto de pitcher y fanático de los Medias Rojas de Boston- se desvía del camino del béisbol, es poco probable que lo haga por convertirse en Presidente. No porque Chávez haya dicho que planea gobernar hasta el año 2049, sino porque la competencia es mucha. Son miles los chicos venezolanos que sueñan con ser estrellas de la Mayor League off Baseball de Estados Unidos. Miles los padres que apuestan todo a esa fantasía de que su hijo gane un contrato millonario en dólares y se lleve ‘al norte’ a toda la familia. Y muy pocas las posibilidades, una entre cien, de que realmente lo logren.

“¡Yo eso lo veo tan complicado!”. Zenaida Alfonzo es quien lo dice: es madre y padre de Leisman y de otros cuatro chicos más, porque al padre de los chicos, cuenta, lo mataron hace seis años para robarle. Justamente hace seis años, Zenaida comenzó a llevar a Leisman todos los domingos a las prácticas de beisbol. Lo hacía para que el muchacho se distrajera y porque en el barrio donde viven, en una casa techada con láminas de zinc, de paredes de bloques y de cajas de madera, no se puede tener a un niño desocupado. “Desde que entró al primer equipo, los entrenadores no lo soltaron más. Llegó un momento en que si yo no lo llevaba al campo de juego, ellos venían a buscarlo”, dice.

Leisman formó parte de la selección venezolana que jugó el año pasado en el IV Mundialito Infantil de Beisbol que se celebró en Caracas, con equipos de República Dominicana, Cuba, Panamá, Puerto Rico, Aruba, Curazao, Colombia, Estados Unidos y Ecuador. Ganó varios juegos como pitcher y fue un bateador destacado. Con 12 años cumplidos, no pasará mucho tiempo antes de que sea descubierto por un ‘buscón’.

El ‘buscón’ es un híbrido de cazador de talento con entrenador ilegal. Recorre los campos de juego infantiles de Venezuela y República Dominicana y sirve de puente entre los jóvenes jugadores y los ‘scouts’ de los equipos profesionales americanos. “Cuando el muchacho llega a la categoría junior, a los 12 años, ya hay un ‘buscón’, un tipo que se lo lleva a un ‘scout’. Ese ‘scout’ lo ve jugando y ahí hacen un negocio entre ellos, donde ni la familia ni el muchacho participan. El scout paga el favor con dinero”, explica Domingo Álvarez, gerente general de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. La sola búsqueda representa un gran negocio.

Si en los dos años que siguen el chico muestra verdadera destreza, es posible que a los 14 firme un contrato con algún equipo. En ese momento, el jugador recibe un bono que puede oscilar entre los mil dólares y dos millones y medio de dólares, lo que calcule apropiado el ojo del ‘scout’. Es entonces cuando los jugadores y sus familias pagan por los favores recibidos por parte del ‘buscón’. Sólo en 2008 los equipos de la liga mayor de béisbol repartieron más 60 millones de dólares en bonos entre los chicos de América Latina que ‘firmaron’, y entre el 30% y el 50% de cada uno de esos bonos fue a parar a los bolsillos de los ‘buscones’.

Superado el trámite de la firma, los chicos de 14 son enviados por dos años a academias profesionales de béisbol administradas por los equipos americanos, que funcionan en Venezuela y en República Dominicana. En Estados Unidos, por ley federal, los equipos no pueden firmar a un muchacho sino hasta que cumpla los 16 años. Por eso viajan a estos países y los firman a los 14. “Como a esa edad no se los pueden llevar a Estados Unidos, los dejan en las academias hasta que cumplan 16 años. Cuando los cumplen, solicitan la visa al gobierno de EEUU para que pueda entrar”, cuenta Álvarez. Sólo en Venezuela funcionan ocho de estas academias. Hace cinco años existían entre 14 y 17, pero varias dejaron el país cuando el Gobierno asomó la posibilidad de controlar los deportes profesionales mediante una nueva ley que nunca llegó a aprobarse.

Tanto Venezuela como República Dominicana son las canteras de peloteros predilectas del béisbol de los Estados Unidos. Del total de 818 jugadores de las ligas mayores, 81 son dominicanos y 52 son venezolanos, según cifras de la Federación Internacional de Beisbol. En las ligas menores, donde el 47% de los 6.973 jugadores que están bajo contrato son extranjeros, hay muchos más.

Arturo Marcano es abogado y desde hace varios años se ha dedicado a observar y a asesorar legalmente a los cientos peloteros latinoamericanos que llegan y se van de Estados Unidos con las manos vacías. Su conclusión es que el béisbol está creando una gran carga social tanto en Venezuela como en República Dominicana, que los Estados ni siquiera planean atender: “Muchos jóvenes abandonan la posibilidad de estudiar para dedicarse al béisbol. Juegan unos años y luego vuelven a la sociedad frustrados, sin ninguna preparación. No hay programas para su reinserción en la sociedad”. En Dominicana, por ejemplo, la carrera de los chicos en el beisbol comienza entre los 11 y los 12 años; la mayoría de ellos no sabe leer ni escribir. Cuando fracasan, muchos procuran mantenerse vinculados a lo único que saben hacer. Terminan siendo ‘buscones’.

“Los buscones son los que están quedándose con el gran queso, los que están llenándose en el negocio. Pero eso escapa a nuestro control”, se queja Enrique Brito, asistente especial al director de Ligas Menores de los Cardenales de San Luis y gerente deportivo del equipo venezolano Bravos de Margarita. Brito pasa ahora los 51 años, usa camisas con flores de talla extra grande, pero a los 16 era todo un prospecto. A esa edad comenzó a jugar en las ligas menores con los Mellizos de Minesotta y con los Tigres de Aragua en Venezuela. Él sabe por experiencia que entre el 6 al 10% de los cientos de chicos que entrenan en academias como la suya llegan a las ligas menores, y sólo el 3% se estabiliza y juega hasta cinco años en grandes ligas.

La carrera de Brito en las menores duró cuatro años. A los 20 ya era scout. Desde entonces su vida se mueve entre Estados Unidos, Venezuela y Dominicana; y su idioma, entre el inglés y español. “El status social de los peloteros en aquel entonces, early en los ochenta, es distinto al que tenemos ahora. Uno jugaba sólo por la pasión por el deporte. Hoy en día los jóvenes venezolanos juegan con el propósito de conseguir mejores condiciones económicas. Hace poco le dieron a un outfilder 2,8 millones de dólares. ¡Imagínate un muchacho de 16 años con 2,8 millones de dólares!”, dice. Cifras como esa son las que a padres y a chicos les quitan y les dan el sueño en Venezuela.

viernes, 2 de abril de 2010

Tratamientos a la luz de los móviles


(La versión original de este texto se publicó en el diario El País, en noviembre de 2009. En las imágenes, por orden de aparición: Reina Nieves, en el Hospital de El Algodonal; los pacientes de la sala de traumatología del Hospital de Coche; la emergencia del Hospital de El Llanito, un viernes cualquiera en la noche; y los pacientes de la sala de HIV del Hospital de El Algodonal).

Lo que más desea Reina Nieves a sus 75 años es que, de una vez por todas, le quiten una pierna. La derecha, la que le consumió la diabetes. Quiere eso, e irse a casa. Porque ya ni recuerda con exactitud cuánto ha esperado desde que los médicos dijeron que no había más remedio para su mal que la amputación.

-Mijo…¿cuánto tiempo es que llevo aquí?, le pregunta a uno de sus hijos.
-Dos meses y siete días, mamá.
-Ponga ahí, señorita, que llevo dos meses y siete días en esta cama, esperando por una operación.
Desde que fue internada en el Hospital José Ignacio Baldó, del barrio El Algodonal de Caracas, Reina Nieves ha tenido dos turnos fallidos al quirófano: hace quince días se suspendió su cirugía por falta de un anestesiólogo; y hace una semana, porque no había electrodos, “esos chupones que le ponen a uno en el pecho para controlarle el ritmo cardíaco”, explica. A veces, tampoco hay jeringas. Tampoco hay agua. O tampoco electricidad. “Una de estas noches la enfermera tuvo que alumbrarse con la luz del móvil para poder ponerle el tratamiento”, cuenta el hijo de Reina. Pero sabe que su madre, después de todo, ha tenido mejor suerte que María Chacón: la paciente a la que estaban operando de un absceso abdominal el 1 de septiembre, cuando se produjo un corte de electricidad en el quirófano y en todo el edificio.

Pasa lo mismo en los 15 hospitales de la capital venezolana que dependen del Ministerio del Poder Popular para la Salud: faltan equipos, salas de cirugía en pleno funcionamiento y personal médico, y sobran los enfermos.


“¡El paciente más antiguo de trauma que levante la mano!”, grita la enfermera en la puerta de sala de traumatología para hombres, en el cuarto piso del Hospital Leopoldo Manrique Terreno, en el barrio caraqueño de Coche. Ronald Manso responde: “Como que soy yo, que llevo un mes y 18 días esperando que me saquen unos clavos de la cadera”. Sus vecinos de cama dejan de ver la televisión para pujar un lugar en el ranking de la espera: “Yo voy después de ti, porque llevo 20 días acá y no me han operado”, replica uno; “¿Qué vas a estar hablando tú, si tienes nada más 10 días aquí?”, le saltan todos al que apodan “El Nuevo”.

Una de las razones por las que se postergan la mayoría de las cirugías que no son urgentes es que no hay anestesiólogos: muchos se han ido del país y en los hospitales no se están formando nuevos especialistas. “Debido a la situación en la que están los centros de salud, los cursos de postgrado que se imparten en los hospitales se han visto afectados: no hay médicos quieran cursarlos”, explica la doctora María Yanes, presidenta de la Sociedad Médica del hospital de El Algodonal. El postgrado de Pediatría que se dictaba en este hospital, por ejemplo, fue declarado desierto este año.

Oscar Salas –médico residente de El Algodonal, 28 años- calcula que al menos 90% de sus compañeros del curso de 2007 de la Universidad Central de Venezuela se han ido del país. Su destino predilecto es España: entre 2004 y 2006, más de 1.200 médicos venezolanos han formalizado su inscripción en el Colegio Oficial de Médicos. Algunos han emigrado por razones económicas –un médico recién graduado gana el equivalente a 240 euros al mes, en el mercado paralelo de divisas-, otros por razones políticas. O por seguridad: a Juraen Aguilar, una de las pocas compañeras de Salas que ha decidido quedarse trabajando en el Hospital de Coche, le apuntaron con una pistola en la cabeza, hace 10 días, para que atendiera con más rapidez a un pandillero abaleado que llegó a su sala de emergencias.



-¿Y tú no has pensado en irte?
-Por supuesto que lo he pensado. Pero me gusta mi país y aguantaré aquí hasta que no pueda más. Si nos vamos todos va a ser la excusa perfecta para traer más médicos cubanos -es la opinión de Salas.

Según cifras oficiales del Ministerio para Salud, ahora mismo trabajan en Venezuela 11.617 médicos cubanos. Todos ellos se ocupan de sostener la Misión Barrio Adentro: el programa social-bandera del Gobierno en salud primaria y diagnóstico de enfermedades, creado en 2003. En esta “misión” sólo trabajan 1.548 médicos venezolanos; los únicos que, según el presidente Hugo Chávez, tienen un compromiso social que se equipara con el de los camaradas de Cuba.

El presidente-comandante, sin embargo, reconoció hace unos meses que este programa tampoco marcha bien. “La Misión Barrio Adentro (...) no tengo dudas, es cierto, ha venido bajando el nivel de eficiencia que tuvo siempre. Estamos estudiando el tema, las razones, las causas. (…) Los módulos de atención primaria de la Misión Barrio Adentro I no pueden terminar siendo lo que algunos terminaron siendo, un pequeño ambulatorio. Todo eso tenemos que revisarlo a fondo”, dijo Chávez el 27 de julio pasado y luego, este 4 de octubre, prometió cambios y remodelaciones.

Adolfo Delgado, presidente de la Sociedad Bolivariana de Medicina y ex coordinador regional de la Misión Barrio Adentro, denunció las deficiencias del programa al menos un año antes que el Gobierno y, en consecuencia, fue despedido. “Desde el año pasado hemos estado haciendo observaciones respecto a la dotación y la infraestructura del programa. Entendimos en su momento que la prioridad era dar recursos a la remodelación de los hospitales, pero ahora resulta que en los hospitales existen los mismos problemas”, dice Delgado. Chávez terminó por darle la razón, pero sin devolverle su trabajo.

El programa comenzó a funcionar en 2003 con más de 6.500 puntos de consultas médicas en las barriadas populares del país: en tiendas de campañas, en casas, en el garage que cedía algún vecino. El servicio de los médicos cubanos llegó a donde no lo había hecho la medicina local para aliviar fiebres, controlar la hipertensión, curar gripes. La promesa de entonces era que cada uno de estos consultorios improvisados se convertiría en un pequeño ambulatorio, pero hasta 2009 poco menos de 3.500 han logrado la “transformación” y más de 2.000 han sido clausurados. Se han construido, sin embargo, casi 500 Centros de Diagnóstico Integral, dotados de equipos de oftalmología, rayos x y bioanálisis, pero donde no es posible atender emergencias, ni siquiera un parto de bajo de riesgo.

Al igual que en los hospitales de Caracas y a pesar de su condición de ‘soldados de la revolución’, los médicos de Barrio Adentro comenzaron a quejarse por los bajos sueldos: los mismos 240 euros, por 8 horas diarias de trabajo. Los cubanos ganan aún peor: unos 90 euros al mes, adicionales al dinero que le entrega el Gobierno cubano a sus familias en la isla. “Ellos trabajan también en muy malas condiciones, viven hacinados, y a veces les dan bolsas de comida. Lo que pasa es que están aquí para cumplir órdenes y no se quejan”, cuenta Delgado.

Sesenta y ocho médicos cubanos también han ‘caído’ en Venezuela, varios de ellos a causa de la inseguridad en los barrios, de la violencia callejera. En su honor, el 10 de marzo de 2010 el Ministerio de Salud develó una placa conmemorativa, que lleva sus nombres grabados y que dice: “A los colaboradores de la salud fallecidos en tierras bolivarianas durante el cumplimiento de su deber internacional”. La orden es seguir en Venezuela, rodilla en tierra, literalmente.