viernes, 3 de diciembre de 2010

La caravana de Saint Loui

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(Una versión de este texto se publicó el 23 de noviembre de 2010 en el diario El País de Madrid bajo el título "El camión más temido de Haití")



El cólera les ha robado el rostro y los funerales a Choupette, a Delma, a Premis, a Jenifer, a Amila. Cada cual es ahora un bulto que viaja apilado en la cabina de un camión. Un bulto de plástico, bañado en cloro, que silba al deslizarse sobre la tierra roja recién cavada. Que suena como un golpe seco al caer en el fondo de la fosa común.
Es de noche y el día ha sido largo. Rusford empuja los cuerpos desde el interior de la cabina y Wilfred, con el mismo impulso, los arroja al vacío. Los más livianos vuelan. Los adultos le dan más trabajo. Así van cayendo uno, tres, 10 cadáveres. El sábado por la tarde han traído otros 36 que están allí, en la fosa de al lado. Todos han muerto en Puerto Príncipe durante los últimos cuatro días: en el barrio de Cité Soleil, en Martissant, en Carrefour. El último balance del Ministerio de Salud y Población dice que en la capital han sido 64 los decesos por causa de la epidemia de cólera, y que en total han muerto en todo el país 1.250 personas. Rusford Saint Loui y su equipo de la dirección sanitaria del departamento de L'Ouest son los únicos encargados de recoger a los sujetos de esas estadísticas por toda la ciudad, para dejarlos en las fosas de Titanyen, a una hora de Puerto Príncipe, por la carretera que conduce a Saint Marc.
El equipo de Rusford Saint Loui son otros tres hombres, que hace una semana fueron reclutados por el Gobierno y entrenados para la tarea. Querrían dedicarse otra cosa, pero ninguno había logrado conseguir empleo antes. Ellos solos no pueden con tanto trabajo. Por eso su caravana es también como la muerte: no se sabe cuándo llegará a por cada víctima. A veces lo hace 12 horas después del fallecimiento, a veces dos días más tarde.

"René Préval [el presidente de Haití] me ha llamado personalmente, y me ha dicho que va a entregarme las llaves de 10 camiones más como estos para hacer la faena", dice Saint Loui, mientras abre los brazos para recibir un baño de agua clorada sobre el impermeable amarillo que lo cubre, luego de descargar los cuerpos. Hasta que la promesa de Préval se cumpla, Saint Loui tendrá que seguir acoplando los cuerpos en la tap-tap número 218, la que cubre la ruta Petionville-Centro: una de esas furgonetas coloridas que sirven de transporte público en Puerto Príncipe.

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Esta vez la tap-tap viaja acompañada de un convoy de apoyo: una ambulancia, que abre paso entre el tráfico, los peatones y las cabras, y una patrulla de la Policía Nacional de Haití, con cinco agentes armados con fusiles. El sábado la caravana fue recibida a pedradas en Martissant: la gente, enfurecida, no quería cuerpos infectados en su barrio. Por eso las autoridades enviaron un mensaje a la población explicando que el camión no representaba ningún peligro, que le permitieran entrar, que dejar los cadáveres más tiempo en sus casas podía resultar aún peor. Por eso el jefe del departamento les advirtió a los recogedores de cuerpos antes de la partida: "Ya lo saben: si los agreden, no respondan. Pidan más apoyo de la policía".


El equipo de Saint Loui mientras recogía el cuerpo de Choupette


El primer cuerpo se llamaba Choupette. Tenía 39 años y estaba loca: folle à lier (loca de atar), según su familia. Tuvo dos hijas, una de 13 y otra de 16, a quienes se les oía llorar en la casa de al lado. "Ella no murió de cólera", dice su padre, Charles Dieusel, que esperaba a los recogedores de cuerpos en la puerta de casa, impecable, impasible, con su ropa de ir a misa los domingos, que es la misma con la que se asiste a los funerales. Choupette había ido la mañana anterior al hospital, allí recibió una inyección y, por la noche, comenzó a tener un poco de diarrea. "Ha muerto por una sobredosis", es la explicación que sus familiares les dan a los vecinos.
"Ellos no han muerto de cólera", es lo mismo que ha gritado un hombre a las puertas de un centro de tratamiento en la comuna de Carrefour, donde la caravana de Saint Loui recogió otros nueve cadáveres. El cólera está asociado a la falta de higiene, a la suciedad. Y ninguna familia, ni las que viven en los campamentos levantados tras el terremoto de enero, parece dispuesta a admitir que en casa hay problemas sanitarios. Nadie quiere ser señalado por haber llevado la peste al vecindario, aunque esté a la vista que la peste -en forma de aguas contaminadas, de letrinas malolientes- rodea al barrio entero.
"No quería que esto pasara, pero pasó", dice resignado el padre de Choupette, al despedir la caravana que se llevaba el cuerpo de su hija quién sabe adónde. El regreso de un mal que no habían padecido los haitianos en casi un siglo no es cosa de los hombres como él, sino cosa de Dios. "Dios nos envió el terremoto, nos envió las inundaciones, envió el cólera. Veamos qué será lo que nos enviará después", dijo el párroco que ofició la misa de domingo en las ruinas de la iglesia de Sacre Coeur de Turgau. Y los fieles, al oírlo, comenzaron a orar.

Las tumbas de Puerto Príncipe

(Una versión de este texto se publicó el 22 de noviembre de 2010 en el diario El País de Madrid)

Para quedarse en el Cementerio Principal de Puerto Príncipe o pasar un rato en la Funeraria Capilla “Marcellus” –que ofrece “servicio de morgue 24 horas”— es indispensable estar bien muerto. A los que mueren por causa del cólera no se les permite entrar. Porque ellos, dicen los funerarios, los sepultureros y los vecinos del barrio, llevan aún consigo un pedazo de “vida”.
El cuerpo de una víctima de cólera que no haya sido tratado adecuadamente puede transmitir la enfermedad hasta 15 días después de su fallecimiento. Y en este país, donde el Ministerio de Salud y Población ha mostrado ninguna probidad para ocuparse de los vivos, tampoco se le presta ninguna atención al destino final de los muertos.
Sólo en los centros de tratamiento del cólera de Médicos Sin Fronteras (MSF) lavan con agua clorada los cadáveres, los amortajan en bolsas plásticas, y dan un margen de 24 horas para que sus familiares decidan si desean reclamarlo o no. A las familias que los llevan consigo, les entregan guantes, algodón y cloro para prevenir una nueva infección. “Una vez que se trata de esta forma al cadáver se puede llevar sin ningún riesgo al cementerio”, dice Stefano Zannini, jefe de la misión de MSF. Pero no es lo que suele ocurrir en las morgues de Puerto Príncipe y los vecinos de las calles Allert y Fleury Bathear, que rodean el cementerio, lo saben bien.


Auguste Alexandrix, inspector del cementerio de Puerto Príncipe desde hace 12 años


“La gente no quiere a esos muertos aquí porque puede ser malo para ellos, sobre todo cuando llegue la temporada de lluvias”, explica Auguste Alexandrix, quien durante los últimos 12 años ha sido el inspector del camposanto. Entre el portal principal del cementerio y las primeras tumbas corre el río Bois de Chéne, que nace en la Montagne Noir de Petionville y desemboca en el océano. Cada vez que llueve, el río inunda el barrio con su carga de aguas negras, huesos humanos, basura, escombros y restos de ataúdes. Eso es lo que la comunidad teme: que las lluvias rieguen sus casas con las bacterias que tanto se han esforzado por mantener fuera.



Tirados por el suelo del cementerio hay tibias, vértebras sueltas, fémures, como si las tumbas hubiesen hecho erupción, como si la tierra hubiese escupido todo lo que durante años le han hecho tragar. En algunos panteones asoman las urnas, trozos de ropa del difunto. “Ha sido culpa del terremoto, que no perdonó ni a los más ricos”, dice Alexandrix, y señala el mausoleo de la familia Codasco, el más grande y orlado del cementerio y el primero en venirse abajo. El sismo, en cambio, no ha hecho daño a la cripta de Francois Duvalier: el dictador que impuso el terror en Haití entre 1957 y 1971, y que se atribuía a sí mismo los poderes de un “hougan”, de un sacerdote vudú. Fue el pueblo de Puerto Príncipe el que demolió a martillazos la tumba. Ocurrió el 7 de febrero de 1986, cuando cayó el régimen que heredó su hijo, Jean-Claude Duvalier: el dictador más joven que conozca la historia moderna, adicto a las joyas y a los trajes, y recordado por todos como el terrible “Baby Doc”.



Los haitianos van al cementerio principal a pedirle los espíritus del Baron y de su esposa, madame Brigitte, (los primeros cuerpos que fueron enterrados allí) que espanten la desgracia, a cambio de sopa, ron y tabaco. Que se lleve el cólera, las balas y los desastres y les devuelva el don de la muerte natural. La alcaldía de Puerto Príncipe concede a medias el milagro: todas las mañanas envía un camión a recorrer los barrios, a tocar de puertas de casa en casa, para recoger a los que han muerto en su cama o en cualquier parte. La gente recibe su paso a pedradas, porque también temen que en un descuido quieran a enterrar alguno allí mismo. Si el camión logra completar el camino, su destino final es Titanyen: un campo de fosas comunes, adonde también fueron llevadas las víctimas del terremoto que no encontraron lugar en el cementerio.
Sí han logrado cruzar el portal los amantes, que han dejado de recuerdo envoltorios de condones de los que reparte Naciones Unidas. Pudo también N’zou Naya Belange, el candidato a diputado para las próximas elecciones que forró con su fotos los mausoleos de la calle central. A los vivos sólo se les pide una cosa: “Sou viens toi que tu es poussiere” (“Recuerda que eres polvo”). Es lo que se lee en el arco de entrada del camposanto de esta ciudad hecha polvo.

Estamos todos bien


Es viernes y Louasguste ha estado vomitando desde el lunes. Tiene tres hijos, un marido, y ella es la única de la familia que ha contraído cólera. Desde el terremoto del 12 de enero todos viven bajo una carpa del campamento de refugiados de Isole. Porque su casa de la Rue Volcy de Puerto Príncipe desapareció. También desapareció la casa de su mamá, pero esa desaparición fue peor: porque la casa de su mamá se tragó en el acto a dos de sus sobrinos. Eso contó ella. Al final de la charla pregunto si no le molesta que le haga una foto. Dice que no. Mira fijo a la cámara. Luego del último disparo pide ver el resultado. Y mientras se observa a sí misma, sonríe y comenta: "Quedé muy bien, ¿verdad?". "Perfecta, Louasguste", le respondo.

El desastre, el hambre y el cólera



(Una versión de este texto fue publicada el 21 de noviembre de 2010 en el diario El País de Madrid).

Berotti Souvni tiene la certeza de que la mayor de sus hijas -Luisenne Christ Love, que ahora, tendida sobre sus piernas, a ratos llora y a ratos vomita- no ha contraído el cólera a través de la comida. La niña comenzó a padecer los síntomas el lunes y desde el sábado anterior, ni ella ni nadie de la familia habían probado alimento. "No teníamos dinero para comprar algo de comer", dice la madre.
Berotti no tiene trabajo. Su marido tampoco. Entre los dos tienen dos niños, de cuatro y dos años. Perdieron todo lo que tenían en el terremoto. Pero aún antes de la tragedia, “todo” no era demasiado o al menos suficiente. Berotti juntaba algo vendiendo botellas aceite, granos y pan en un puesto callejero; hasta que el negocio, como su casa, se vino abajo y se quedó sin dinero para comprar la comida de la venta y la de la propia despensa.
La familia vive ahora en un campamento para damnificados de la barriada de Cité Soleil, la más peligrosa de Puerto Príncipe: una explanada donde sólo crecen en abundancia el polvo y el cólera, y donde los cascos azules usan tanques de guerra y fusiles de asalto para patrullar. De una semana a otra, el cólera en esta zona se ha multiplicado por diez: el lunes 7 de noviembre había allí 21 enfermos y al lunes siguiente, 220. Entre una población de unos 200 mil habitantes, ya se han registrado 2 mil casos.



La propagación del cólera en Puerto Príncipe ha sido aún más vertiginosa de lo que fue hace poco más de un mes en el Departamento de Artibonite, la región donde estalló la epidemia. Al día de hoy se han reportado en la capital más de 4.200 casos y de las 76 muertes por cólera que ha habido en Haití durante esta semana, 61 han ocurrido en Puerto Príncipe. En total, desde el 16 de octubre pasado, ya han fallecido 1.186 haitianos y casi 20 mil están enfermos, según cifras oficiales.
El agua, fuente principal para la transmisión del cólera, llega a los campamentos de Cité Soleil en camiones enviados gratuitamente por el Gobierno o a bordo de La Sirene de L’aeu o de la Victoria da Vida o de Mon Bel Auge. Cada dueño es libre de ponerle a su camión cisterna el nombre que le plazca. Todos llenan sus tanques del agua que bombean de un pozo, a 200 metros de profundidad, que opera una compañía privada en el centro del barrio, entre un campo de fútbol, un campamento de damnificados del terremoto, un riachuelo de aguas negras y toneladas de basura.
Es el agua que ha tomado Luisenne –aún en los brazos de Berotti. La que tomó Louas, que de la deshidratación que le produjo la diarrea y el vómito ya no podía caminar. La que tomó Benoit. Ellos y la mayoría de los enfermos de Cité Soleil han buscado ayuda primero en el hospital público más cercano. Pero el Ministerio de Salud y Población de Haití, a cargo de estas instituciones, no tiene ni sabe cómo atenderles. Por esos todos han sido remitidos a los centros para el tratamiento del cólera instalados por Médicos sin Fronteras en un anexo del hospital de Choscal y un campamento que ellos mismos han construido en Sarthe, en pleno centro de Cité Soleil. Con sólo 2000 camas y 21 centros como éstos, MSF soporta el 80% de la capacidad de hospitalaria total de Haití.
“Me deja perplejo que, cinco después de que se presentara el primer caso, una organización como MSF siga asumiendo el 80% de la intervención, en un país considerado internacionalmente como la ‘república’ de las ONG”, dice Stefanno Zanini. “Llevamos semanas tratando de sensibilizar a las autoridades nacionales, y sobre todo a las organizaciones internacionales, para que alguien asuma el liderazgo de esta operación. Porque lo que estamos haciendo como MSF en día es tratar de apagar un incendio con un vaso de agua”.
Dinero no es lo que falta. Sólo la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah) maneja un presupuesto anual de 730 millones de dólares. Esto sin contar los fondos de las otras agencias de las Naciones Unidas como Unicef o el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), que comparten con los cascos azules de todo el mundo la base instalada junto al aeropuerto de Puerto Príncipe. Haití tiene sólo 10 millones de habitantes, que de a poco se van restando. La causa esta vez es la epidemia de cólera que, según las previsiones menos alentadoras, podría afectar a un 1% de la población. Y el kit sanitario que debería recibir cada uno para prevenir el cólera, con jabón y cloro, cuesta sólo 40 euros.
El Fondo para la Población de Naciones Unidas (UNFPA) ha escrito en sus informes que los centros de atención del cólera de Médicos Sin Fronteras son un ejemplo a seguir. Porque tienen un área de aislamiento para los enfermos graves que se mantiene impecable. Porque cuentan con un programa de reclutamiento de enfermeros haitianos. Porque los mismos voluntarios de MSF martillan, cortan, para construir las camas que se utilizan en estos hospitales. Pero, en cinco semanas de crisis, ninguna de las agencias de la ONU ni el Ministerio de Salud y Población de Haití han construido algo siquiera parecido.